Para un relevo generacional exitoso en la empresa familiar
5 mar. 2026
Para el fundador de una empresa, su negocio trasciende el concepto de un simple activo; a menudo es percibido como un hijo al que hay que cuidar siempre. Por lo tanto, el acto de transferir el mando en su organización, genera en el dueño una sensación de abandono. Los perfiles afectados por el llamado “síndrome del trono vacío” suelen expresar frases como: "la nueva generación aún no está lista" o "antes se hacía de otra forma y nunca fallaba".
La realidad es distinta: la dificultad no radica en la capacidad de los sucesores, sino en la inseguridad del fundador, que obstaculiza la integración de las nuevas generaciones por carecer de un nuevo proyecto de vida personal.
Pensar que el relevo en una empresa se dará a la muerte del patriarca, es una estrategia que conduce inevitablemente al caos. El éxito en la sucesión reside en tutelar el traspaso de poder en vida del fundador, respetando el ciclo vital de la mentoría, que se resume en tres etapas: hacer, ayudar a hacer y tener la sabiduría de dejar hacer. Estos pasos son fundamentales para una transición empresarial exitosa.
Inicialmente, el fundador debe hacer. Es la persona que posee la visión, los contactos clave y el conocimiento esencial para el funcionamiento del negocio. En esta fase, el fundador asume un rol de liderazgo total, tomando todas las decisiones y resolviendo los problemas con gran eficiencia, lo que contribuye al éxito inicial de la empresa.
El verdadero desafío se presenta cuando el fundador debe evolucionar a la etapa de ayudar a hacer. Es en este punto donde muchos líderes se estancan. Esta etapa requiere que el fundador comparta sus conocimientos, contactos y experiencias acumuladas con la siguiente generación, evitando tanto la asfixia como el menoscabo de la figura del futuro sucesor. La superación de esta fase determinará si la empresa familiar logra sobrevivir al proceso sucesorio o si, como ocurre en muchos casos, desemboca en un fracaso que impactará profundamente a los herederos.
El paso final, el más arduo y el que distingue a los empresarios de los meros dueños, es el de dejar hacer. Esto no implica desentenderse, sino practicar la confianza plena. Se trata de aceptar que la siguiente generación incurrirá en errores, entendiendo que dichos errores son el costo necesario para su madurez. Si el patriarca se niega a permitir que sus sucesores se equivoquen, les estará privando del derecho fundamental a aprender.
En última instancia, el legado de un fundador no se define por el tiempo que consiguió retener el poder, sino por la eficiencia con la que opera la estructura empresarial una vez que su presencia directa ha cesado. Un trono que no se cede a tiempo corre el riesgo de convertirse en un obstáculo insalvable para el futuro de la familia y de la propia empresa.
María José Rodríguez Cabrera
UHN Wealth Planning
BBVA Banca Patrimonial y Privada